DIRTY DANCING Y LAS FANTASÍAS DE UNA ADOLESCENTE

Me encantó Dirty Dancing. La vi en plena pubertad y me enamoré de la historia además de su genial banda sonora (se vendieron más de cuarenta millones de copias en todo el mundo) y las coreografías de un apuesto y prieto Patrick Swayze (qué bien le sentaba el negro). Ella, una chica del montón (bueno), absolutamente adorable y bondadosa, se liga a un hombre a priori fuera de su radio de acción. No había barreras para el amor. Con su tesón y confianza había conseguido dar soluciones a problemas ajenos a ella (era una dadora nata) y como resultado se había enamorado de ella el chico cañón ¡bingo!. Era el gran triunfo del interior frente al exterior. Una película previsible, si la veo con otros ojos, pero que por aquel entonces me pareció inspiradora y esperanzadora.

 

Yo quería ser la protagonista y en ciertos aspectos me identificaba con ella: una chica normalita, que cree firmemente en sus valores, obstinada y fuerte. Esta chica acababa siendo la reina del baile, ovacionada, vista, aplaudida (eso sí, gracias a que un hombre le pone en valor y la saca de la oscuridad… véase escena final). El caso es que yo tenía esa fantasía. También quería ser vista, aclamada ¡y hasta envidiada si nos poníamos!.

¡Quién no ha soñado con verse en esta situación alguna vez: sostenida por semejante varón y admirada por un publico boquiabierto!

¡Quién no ha soñado con verse en esta situación alguna vez: sostenida por semejante varón y admirada por un publico boquiabierto!

Ahora, después de unos casi treinta años sigo teniendo mucho cariño por la peli. Sin embargo, ya no hay ninguna fantasía detrás. No es más que una historia, con sus cosas buenas, como nos pasan a diario, y sus cosas no tan buenas, como también nos pasan a diario.

Ya siento que no es necesario que un hombre me saque a bailar y que no es necesario esconder el talento tras una falsa modestia. Que todos tenemos espacios para brillar y que todos brillamos en algún momento. Que el amor no tiene que ver con una sesgada idea de éxito y que el único triunfo real, sólido y perdurable es el estar orgullosa de una misma.

Como dice la última canción de Dirty Dancing, "he tenido tiempo de vivir, y nunca me he sentido así antes".